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ALFREDO ESPINO  -parte l

En El Salvador hay dos poetas que pueden considerarse poetas nacionales: ellos son Roque Dalton y Alfredo Espino, ambos ubicados en épocas, visiones y compromisos diferentes, empero supieron entrar al interior del hombre salvadoreño y reflejar esas profundidades que, ya sea serio o humorístico, ya sea meditación u asombro, ya sea disposición a la pelea o a la contemplación, pertenece a la forma de ser delos habitantes del lugar y al leerlos se sabe que es uno el que está allí, con su corazón caliente y rebosante o con la bayuncada llena de ternura y de polvo del camino..

Alfredo Espino nació en 1900, en la ciudad de Ahuachapán, situada al oriente de El Salvador. Sus padres fueron don Alfonso Espino y doña Enriqueta Najarro. Con abuelos escritores y su propio padre y su propia madre poetas, la vida de infancia y adolescencia la pasó con el ejemplo literario, entre libros de autores diversos y con la tertulia doméstica en donde afloró a quien después llamaron 3poeta niño2. Precisamente la foto que se conserva de él es la de un adolescente desgarbado, pensativo, con unos lentes redondos elegantes, con un gran corbatín blanco al cuello y un hermoso traje al estilo de las películas mudas de los tiempos del charlestón.

Sus estudios primarios los realizó en Ahuachapán y posteriormente se trasladó a San Salvador, en donde realizó estudios de abogacía en la Universidad de El Salvador, en donde se doctoró en 1927. Su tesis versó sobre Sociología estética. 

Alfredo Espino era de contextura física débil y delgada y según relatos familiares su mamá pasaba dándole reconstituyentes y vitaminas para que se robusteciera. También se sabe que era callado, apartado, de espíritu melancólico, lo que a veces mezclaba con momentos de euforia y alegría.

Espino desarrolló su afán por la literatura desde adolescente, al igual que su hermano Miguel Ángel Espino, de quien se conoce sus novelas Trenes y Hombres contra la muerte.

La mayor parte de la poesía que se conserva de Espino es bucólica, aunque por lo que se aprecia en su poemario Jícaras Tristes, su mirada penetrante recogía con profundo lirismo su vida apasionada, las relaciones esenciales y los valores morales del hombre de u tiempo, y dentro de ello, la realidad social dramática y convulsa de las primeras tres décadas de la historia salvadoreña.

El Salvador era una sociedad agraria y (aún ahora) el hombre de ciudad tenía toda la ascendencia campesina, su cultura atada a todo el pensamiento mágico que emergía de los riachuelos, las nubes, los mansos bueyes en las aradas y el ruido de los beneficios de café o de los obrajes de añil. Conciente de que el poeta se debe a su pueblo, literariamente hablando, como recogedor del paisaje natural y humano, Alfredo Espino llamó a cantar lo propio, en contraposición con los imitadores de lo foráneo, en contra del snobismo que prefiere lo mundano y pueril e ignora la belleza nuestra. En su poema Cantemos lo Nuestro, dice lo siguiente:



ALFREDO ESPINO  -parte ll

© Heriberto Montano 2001

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