Mi abuelo, el general Pedro Marenco, era un hombre fuerte, valiente y honrado. Fue general en los tiempos de Emiliano Chamorro, y me imagino que estuvo involucrado en los muchos revoltijos de aquellos tiempos. Desafortunadamente, mientras tuve la oportunidad, le presté poca atención, así que no tengo la riqueza de historia familiar que podría – y debería tener.
Una de las cosas interesantes es que de su participación el las revueltas de esos tiempos, sacó un balazo de calibre cuarenta y cuatro en un pulmón. Creo que fue después de nacido mi papá (1920), pero antes de mi tía Nelly. Puedes ver aquí lo tenue de nuestra existencia.
De las cosas que sí me contó y que también me acuerdo, es de algo que le pasó mientras fue mandador de la hacienda “La Pitaya.” En los tiempos que yo era chavalo, La Pitaya pertenecía a doña Amanda Burgos de Choiseul. No sé si los Burgos eran los dueños en tiempos de mi abuelo. El asunto es que un día de tantos mi abuelo regresaba a la Pitaya. Al dar una vuelta en el camino, encuentra una escena en que un hombre está cinchoneando a otro. Mi abuelo se detiene a una distancia prudente y se queda observando la situación. El cinchoneador lo queda mirando y le pregunta, “Sabes por qué estoy apaleando a este señor?” El general contestó, “No sé.” Sin apartarle la mirada, el hombre le dice, “Porque no anda armado. Andas armado tú? “Sí”, le contestó mi abuelo. “Siga por tu camino, entonces”, le dijo aquél.
Otro cuento de que me acuerdo, creo que más bien era un chiste. Me cuenta que en algún tiempo había una epidemia de pulgas, y que un gringo andaba vendiendo un polvo para matarlas. Mi abuelo compró un par de libras del polvo, pero aparentemente no tuvo el efecto deseado. Después de un rato, regresó el gringo y mi abuelo tomó la oportunidad para reclamarle sobre la falta de efectividad del polvo. Creo que la conversación fue algo así: “No friegue, usted señor White, este polvo no sirve. Mira que no mató ni una sola pulga.” “Cómo usar usted el polvo?”, preguntó el señor White. “Bueno”, dice mi abuelo, “rocié el polvo encima de donde están las pulgas.” Meneando la cabeza de un lado a otro, respondió el señor White, “Señor Marenco, no usar polvo correctamente. Usted tener que agarrar pulga entre los dedos, abrirle la boca, y meter polvo en boca de pulga.”
En 1964, mi papá nos llevó de regreso a Nicaragua. Pasamos un poquito de tiempo en Granada recién llegados, y después nos fuimos a “El Recreo.” Mi papá heredó la finca de mi abuelo. La finca está situada a unos tres kilómetros del Papayal que está a la altura del kilómetro 101 de la carretera a Juigalpa.
En esos tiempos, la finca estaba bastante descuidada, y a trabajar se ha dicho! La casa se enladrilló, se arregló el techo, se cambiaron unas vigas y muchas cosas más. La primera cosa que aprendí fue sacudir bien las botas antes de ponérmelas. Esos alacranes pican duro, y habían miles de ellos.
Mi papá me enseñó a manejar para que yo ayudara jalando agua y arena para el cemento. Habíamos traído un International Harvester Scout, y en ese aprendí a manejar. Me defendía bastante, excepto por la vez que por fachento le di a un poste de la puerta de la entrada, por querer impresionar a mi tía María y a mi tío Benicio. Menos mal que le di al poste con la llanta y no hubo daño. También aprendí a manejar tractor arando y gradeando los campos. La mayor parte del trabajo que hice, fue más que nada remover piedras y troncos para que no se quebraran los discos del arado ni se poncharan las llantas del tractor. Estoy seguro si vamos al Recreo unos cuarenta años después, esas piedras estarán allí donde las dejé.
Después de ese primer verano, me tocó entrar al colegio. Vieras que problema es aprender español tierra adentro y después regresar a l ciudad, sobre todo para ir al colegio. Ese primer año visitamos a La Pitaya, donde el Padre Pedro Miguel, SJ., estaba en una misión. Mi amigo Procopio y su hermanos estaban en la Pitaya en ese tiempo, pero no los conocí hasta que entré al Colegio Centro América.
En uno de los veranos que Procopio y yo pasamos en la finca, pasó mi primo Aarón en camino a la finca de los Guerreros, llamada el Banco. Bueno, Aarón era “gangster” y medio, sobre todo comparados con Procopio y yo que todavía éramos “inocentes” (bueno, por lo menos en comparación). Esa fue la primera vez que nos picamos tomando “Flor de Caña.” Quiero mencionar que de aquí salió el “Canto de Aarón”:
Tigre que caza echado
que cuando caza parado
caza dos veces.
Tiburón de montaña,
Guapote de agua dulce
Pejesierra de laguna.
En el mar hay un guapote
Que se llama la mojarra
Que cuando duerme
Te la mete, te la amasa
Y te la agarra
(Bueno Aarón, quiero que sepas que no me he olvidado de ti. Cada vez que repito esta canción, me acuerdo de ti. Que descanses en paz.).
Por supuesto que es noche nos fue mal, siendo realmente la primera vez que nos tomamos un trago. Que alboroto hicimos! Después de un rato, ya borracho por supuesto, me doy cuenta que no veía a Procopio. Comienzo a gritar “Procopiooooooo.” Nada. Busqué mi lámpara de mano y salgo a buscar a Procopio. “Jovero”, dije, “a lo mejor se cayó dentro del escusado”. Y salgo a buscarlo al escusado, abro la puerta y no está. “Caramba”, dije, “se cayó adentro”, y con eso ilumino el fondo, pero no estaba. Sigo buscándolo. Pensé entonces que se había ido de la finca y lo fui a buscar a la entrada. Bueno, allí estaba dormido debajo del trailer!
Lo peor del caso es que nos comimos toda la comida de la semana y nos quedamos sin comida y sin dinero (mi papá y mi mamá andaban en Granada). Así que decidimos que era morirnos de hambre o ir de caza. Tomamos el 30-30 y cazar nos fuimos al cerro “Ochenta Pesos.” Después de un rato nos encontramos con una ave que parecía de buen tamaño. Le dije a Prosi, “tirale para que tengamos que comer!” Procopio le disparó y el pajarraco cayó muerto. Recuperamos al pájaro, pero vimos que no había sido herido. Por lo visto, Procopio mató al pájaro del susto. “Sentémonos”, le dije a Procopio, “que estoy cansado.” Pero antes de poner el trasero encima de la piedra donde pensaba sentarme, me levanté de nuevo. Cuando me di vuelta para ver la piedra, vi que allí estaba una culebra coral. Era coral de las venenosas. La reconocí gracias a lo que nos enseñó el Padre Astorqui: “NAN es buena.” Cuando la culebra tiene los colores negro, amarillo, negro, la culebra es una falsa coral. Esta no tenía negro, amarillo, negro.
Al regresar a la finca, le dimos el pájaro al cocinera para que lo desplumara. Cuando hubo terminado, casi no había nada de pájaro. Era plumas más que nada.
Nos picamos con Aarón una vez más. A la tercera nos escondimos. Le dejamos razón que nos habíamos ido de pesca y nos escondimos hasta que se fue.
Si sobrevivimos fue porque ese año mi papá sembró sandías y fuimos a vender algunas a Tecolostote. Las sandías eran bien hermosas, de unas sesenta libras. Así que nos comimos una buena cantidad de sandías. Pero hubo problema con eso: era prácticamente estar todo el tiempo con un pedazo de sandía en una mano y el asunto aquel en la otra, deshaciéndose del agua.
Pedro Marenco
©, 2003-03-15
Sacramento, CA
En memoria de:
Pedro Marenco Baster
Octavio Marenco Guerrero
Pedro Marenco Guerrero
Sabá Guerrero
Aarón Guerrero Marenco
Roberto Guerrero Marenco
Dr. Benicio Guerrero
María Marenco Guerrero
Celia Marenco Guerrero
Yolanda Marenco
El Capullo
La Chepa
Sergio
Abelino Sásiga
Pedro Canales
Toño “Quique”
Críspolo Guerrero