Siempre me ha llamado la atención el lago de Granada, también conocido como el Cocibolca o gran lago de Nicaragua. Yo simplemente lo llamo el lago. Y cómo no va llamar atención si con el poco andar hacia el Este te das plenamente con él? Y por supuesto, ir sobre la Calzada, pasando por Guadalupe hasta la Casa de Zinc, por donde luego pusieron una estatua de Chico Hernández de a Peso, y de la Casa de Zinc hacia el Sur por la costa, hasta la Cabaña Amarilla, y de regreso, era el “camino largo a casa.”
Mi papá no entendía por qué se tardaba dos horas en ir a la ferretería para comprar un perno. Creo que se le olvidaron sus años mozos. La ferretería estaba a unos cinco minutos, por lo menos la de Ramón López, estando la de Mincho Lugo a seis, y la del Fú Sandino a siete, todas sobre la calle Atravesada. Pero por supuesto, la jira comenzaba con pasar recogiendo a Procopio. Prosi, abreviatura de “Prosiloscopio Ceslafani” como lo llamaba el profesor William Torres a quien le pusieron el apodo “Chichote de Mono.” Para mí William Torres fue el mejor profesor de álgebra que he tenido, junto con Noé “El Monito” González, uno de lo más queridos. Después de recoger a Prosi, por supuesto, íbamos a hacer el mandado. Dios me guarde si hubiera ido por dos horas y después regresara sin el mandado. Una vez comprado lo necesario, según quienes eran las muchachas que nos interesaran, tomábamos una u otra ruta para el camino largo a casa. Cualquiera que haya sido la ruta del día, siempre terminábamos yendo hacia el lago.
Una de las tantas veces, las autoridades del tránsito en Granada decidieron cambiar las preferencia sobre la Calle del Consulado (la calle en que nací yo). Las calles que iban de este a oeste tenían la preferencia. Cambiaron esta regla, con el resultado de, Prosi como siempre distraído pensando en el icaco, se voló la preferencia. Desafortunadamente, se la voló al mismo tiempo que venía un taxi de sur a norte. Yo iba de pasajero, y el choque fue en la puerta del pasajero. Casi me mata, pero más que nada, del susto. Don Procopio tomó el asunto filosóficamente, no así mi papá quien, pasó por lo menos un par de semanas regañándome: “Estos chavalos jodidos irresponsables...”
Me encanta la pesca, y a otro buen amigo, Armando Vega (alza la pata y pega, pero yo le decía alza el trasero y friega), también le encantaba. Su papá y su mamá eran pescadores ávidos y a veces me invitaban a acompañarlos de pesca a Los Cocos. Nos metíamos en el lago con el agua a la cintura. Unas pangas llevaban los anzuelos con la carnada al canal profundo, digamos a unos cincuenta varas de donde estábamos. La esperanza era que picara un sábalo.
Que pez tan magnífico! El sábalo es un pez de agua de mar que también se adapta al agua dulce del lago, así como lo hacen los tiburones. Mide de unos cinco a siete pies y llega a pesar unas ciento-cincuenta libras. Tiene la boca y garganta bastante dura, así que no es fácil clavar el anzuelo. Teníamos suerte si de cada siete piques lográramos enganchar uno y más si lo sacábamos. Qué luchador tan noble! Una vez ensartado el anzuelo, el sábalo se iba hasta el fondo, y después brincaba en el aire sacudiendo todo su cuerpo. Así luchaba por buen rato, hasta que se zafara, o se muriera de cansancio. Una vez que no podía luchar más el sábalo se volteaba panza arriba y era asunto de jalarlo y sacarlo.
Algunas veces tomaba la carnada un tiburón. En ese caso, todos los demás nos salíamos del agua, por si acaso. El tiburón, o tintorera si hembra, era mucho más fácil de enganchar. Muchas veces se tragaban la carnada y requería cirugía recuperar el anzuelo. Lo más importante era estar seguro que estaba muerto, porque esos dientes no perdonan.
A mi papá le encantaba hacer cambalache. Yo creo que compraba algunas cosas más que nada para cambiarlas por otras. Sobre todo, creo que le gustaba el regateo involucrado. Ya le había echado el ojo a un bote que el yanqui Head tenía parqueado en su hielera. No me acuerdo cual fue la transacción, pero mi papá terminó adquiriendo el bote. Cuántas aventuras tuvimos en ese bote! Le compró un motor Mercury fuera de bordo en la Casa Cross, y a vagar por el lago se ha dicho!
Antes del bote, Prosi y yo íbamos a pescar al muelle. Comenzó de madera pero de repente lo hicieron de cemento, con rieles para los vagones del ferrocarril. Me acuerdo que los muchachos iban al muelle, se subían al techo de los vagones y después se lanzaban al lago. Otro día les cuento una historia triste acerca de esto. Íbamos a pescar de noche, buscando sacar Pejesierra, pero nunca sacamos nada que me acuerde. No me acuerdo siquiera de un piquete. Más que nada, creo que era la vagancia que nos gustaba, así como la posibilidad de pescar algo. Por supuesto, a estas alturas, si sacamos una sardina, según lo cuenta Prosi, ya se ha convertido en ballena.
Hay días en que el lago está tan tranquilo que su superficie parece tan lisa como un espejo. Ni una ola, ni una arruga, nada. Ya había notado que después de alguna tormenta, el lago se volvía tranquilo y los sábalos iban a nadar entre el muelle y el Sacuanatoya. Esto era un gran espectáculo: ver centenares de sábalos nadando a flor de agua a unos pocos pies de la costa! Se me aceleraba el corazón al verlos porque era algo realmente impresionante para un amante de la pesca como yo. Pero cuando estaban así jugando los sábalos, no tomaban carnada. Me imagino que estaban “socializando” y tenían cosas más importantes que hacer.
En una de los tantas jiras sobre el camino largo a casa, noté que los sábalos estaban jugando. Le pregunté a Prosi si quería ir a pescar. Qué pregunta más necia! Así que fuimos a recoger a Armando y vino de colado su hermano Alberto. Pasamos por el mercado comprando unas mojarras para carnada. Dice Procopio que nos acompañó el “mudo” Largaespada, pero no me acuerdo si fue él o Gabriel el arcángel. Fuimos a sacar el bote del patio trasero de la casa de mi tía María donde lo guardábamos. Me había hecho yo experto en entrar y salir de retroceso del patio con el bote de arrastre.
Salimos del patio de la tía María, por donde vivía Tatameto y Carlos Correa (su mamá hacía los mejores nacatamales de Nicaragua, especialmente los de cinco pesos con chile). Otra historia vendrá luego de esta calle. Del patio doblamos hacia el sur, después hacia el este en la esquina de la casa de don José Luna, que estaba frente a mi casa. A la derecha sobre la Atravesada, a la izquierda en la Santa Lucía, por la ladrillería Favilli, a la derecha en la calle Guzmán, a la casa de Procopio. Allí a recoger algunas necesidades, o necedades, según el caso. Pasamos por el Colegio María Auxiliadora por si caso veíamos algunas muchachas, recto hasta la Calzada, y de allí al este hacia el lago.
Por el parque Colón está la histórica catedral de Granada, quemada dos veces: Una por los piratas y otra por el filibustero William Walker. Me acuerdo de la placa al Monseñor Canuto José Reyes y Balladares, y de su heroísmo al salvar el cáliz con las hostias al ser incendiada la catedral. También me acuerdo que me tío Benicio me contaba que monseñor era muy santo pero no muy inteligente. Monseñor decía algo como que “la mariposa era el rey de los tiburones”, y mi tío decía “y de los brutos Canuto.” Así que yo tomé en decir qué canuto a los que hacían alguna tontería.
Sobre la Calzada pasábamos por la casa de don José Sáenz (papá de Jaime mono y el pollo), la iglesia de Guadalupe, la Cruz Roja, la estatua de Chico Hernández, la casa de zinc, sobre el puente del Sacuanatoya. Seguíamos por las terrazas Cocibolca y La Playa, y la quinta de doña Amelia Benard, cerca del área también conocida como las piedra pintadas (tenían otro nombre en buen Nica), hasta la Cabaña Amarilla, propiedad del papá (panza de leche) del padre Cuadra. Allí había una rampa para meter el bote al agua.
Es casi imposible describir con meras palabras la belleza de las isletas de Granada. Hay varios centenares de islas pequeñas de origen volcánico. Con los árboles de mango, papaya, icacos y cocos, es un verdadero paraíso tropical. Todas las isletas son bellas, pero entre mis favoritas estaba Otaú de los Arévalos, la de don Alejandro Alfaro por el Diamante, y la isletita que hizo mi papá por Asese. Hay más pero no me acuerdo de los nombres.
Al salir de las isletas pasamos por el disparate de Marcos Urbina (así por lo menos lo llamaba mi papá), frente al vapor Victoria, hacia el muelle. Una vez que llegamos al muelle, echamos ancla, alistamos las cañas, les pusimos carnada a los anzuelos y los lanzamos al agua. Bueno eso es estar en el paraíso: flotando entre centenares de sábalos, con la carnada al agua, sin preocupación alguna. Como siempre mi amigo Procopio, que además de vago empedernido es turista y medio, pone la caña al lado y se echa a dormir. A la mejor no se había recuperado de la parranda de la noche anterior. Armando, Alberto y yo, los pescadores empedernidos estábamos atentos con la caña en la mano, y la línea entre los dedos para ver si sentíamos algún piquete. A nosotros ni siquiera los zancudos picaron.
Después de un rato, aquél ya estaba roncando, y su línea se tensa y su caña comienza a doblarse. Para qué más! A pegarle gritos y a hincarlo para que se despierte. Y el joven ilustre como que no era con él! Por regla no se podía tocar la caña ajena, ni brindarle ayuda al pescador, así que a despertarlo se ha dicho. Al fin entiende la situación y agarra la caña y comienza a enrollar la línea. Pero realmente, el sábalo no peleó tanto como esperábamos. Cuanto lo metimos al bote, se volvió un pandemonio. Cinco locos brincando y gritando. Casi hundimos el bote! Pronto supimos la razón porque no hubo mucha lucha: se lo había robado. Así que el sábalo se ensartó solo el anzuelo y aquél hizo nada para merecerlo.
Después de tanto alboroto, se fueron los sábalos y nosotros regresamos a la ciudad. Le preguntamos a doña Emilita (la mamá de Prosi) que podíamos hacer con el sábalo, y ella sugirió que lo lleváramos al asilo de ancianos por Cuiscoma.
Bueno, no ha cambiado mucho desde ese entonces. Como dice mi poema, “A Procopio Sclafani Vivas”:
Como pescador se muere de hambre
Con un anzuelo y un alambre
Mientras Armando decía sácalo.
Pedro Marenco
Sacramento, CA
© December, 2002.