Zapatera es una isla que está a unos 20 (?) kilómetros de las isletas de Granada. Quizá sea la isleta más grande de todas. Desafortunadamente, nunca exploré la isla, pero sí tuve muchas oportunidades de pescar al su rededor. A continuación les contaré algunas de esos viajes. Como muchos de estos recuerdos ya están en la distancia (y como dice la canción que la distancia es el olvido), combinaré algunos de los elementos.
Mi papá y yo nos levantamos de madrugada, desayunamos rápidamente y fuimos a sacar la lancha al patio de la tía María. Siempre paramos por la casa cargando todo lo necesario: comida, gasolina y aceite para el motor fuera de bordo. Bajamos por la calle Santa Lucía hasta la calle “El Martirio” (no me acuerdo exactamente donde) para recoger a “Chiquen” tampoco me acuerdo del nombre de Chiquen (está fregado esto de las células grises que se mueren), pero recuerdo que era buena gente, buen mecánico y tremendo pescador. De allí lo más probable fue ir a Asese para ir a la isla Zapatera.
El viaje de ida fue ordinario, no obstante la belleza natural y tropical de la península de Asese y de las isletas. A mediado de la mañana llegamos cerca de la isla del muerto donde echamos ancla. Pusimos unas mojarras a los anzuelos como carnada, y las echamos al agua. Como a esos de las nueve de la mañana mi papá recibió un fuerte piquete, y la caña de dobló. El carrete comenzó a soltar cuerda y mi viejo se hacía para atrás para contrarrestar el jalón de lo que había enganchado. Al poco rato vimos que era un tiburón, y mientras mi papá luchaba con el, Chiquen manejaba la lancha. Mi papá dijo: “Pedro, alístate el arpón!”
Naturalmente, ya lo tenía listo esperando la orden, ansiosamente porque nunca lo había hecho. Bueno, al momento de lanzar el arpón, me resbalé y casi, casi me caigo dentro del agua, encima del tiburón! Si no hubiera sido porque mi papá me agarró de la faja, me hubiera caído al agua! Qué fin tan triste, comida de tiburón. Dijo mi papá: “hijito, no te olvides de soltar el arpón.” Al fin logré clavar al tiburón, y cuando fue prudente, lo metimos a la lancha. Miré con nuevo respeto a los dientes afilados del tiburón. Creo que decidí en esos momentos hacer un trato con los tiburones: Yo no me meto al agua cuando andan cerca con tal que ellos no salgan a tierra cuando ando yo.
Ya pasó el susto, y volvimos a la rutina de la pesca. En realidad, esa mañana estuvo mala. Si no fuera por el tiburón, nos hubiéramos ido en blanco.
En otro viaje de pesca a Zapatera, la mañana estuvo llena de piques, pero sin pescar sábalo. Como eso de a mediodía, comencé a sentir que la línea se me tensaba, y me tensé yo también. De repente sentí un fuerte tirón e inmediatamente jalé la caña hacia atrás para así clavar el anzuelo. Y lo que haya sido comienza a jalar! Y yo tratando de no soltar la caña! De repente se vuelve hacia la lancha, y a enrollar se ha dicho, no vaya a ser que se zafara. Definitivamente que no era un sábalo, porque los más probable era que ya hubiera saltado. Algunas veces nos acompañaba Benjamín “Minchurín” Barillas Minchurín era buena gente pero parecía eternamente de goma. Las manos le temblaban tanto que me daba miedo que se fuera a cortar un dedo con el cuchillo o ensartarse el anzuelo. A pesar de los temblores era un buen “cuque”.
Decidimos levantar el ancla para que no se enredara la cuerda con el cable del ancla. Para que quiso más el animal! Comenzó a llevarnos arrastrados en un bote de unos dieciséis pies! No sé cuanto duró todo esto, pero en algún punto logré (digo yo que logré, me imagino que el pez diría que quiso) traerlo a la superficie. Vimos entonces que era un Pejesierra. Logré traerlo a unas veinte varas del bote. Y era más largo que el bote! Es este viaje no llevábamos arpón por alguna razón. Estábamos pensando que hacer, cuando se acercó una lancha grande, asustando al pez. El pez decidió irse al fondo, y no hubo manera de detenerlo ni volver a subirlo. A eso de las tres de la tarde, se me rompió la cuerda. Tres horas de trabajo para nada. Ojalá haya sobrevivido ese encuentro el Pejesierra magnífico. Se me ocurre que el Pejesierra pensaba, “Voy a divertirme con esos pendejos de la superficie y enseñarles quién manda aquí.”
Al regreso, las nubes tornaron negras y nos agarró un chubasco. En esa área del lago, a veces hay olas grandes, y ese día sí las hubo. Mi papá me puso a achicar el bote porque se metía bastante agua con las olas y lluvia. Él estaba bien preocupado por el mal tiempo y la falta de salvavidas. Creo que esto fue cerca del lugar en que se ahogó don Alejandro Bendaña, el papá de papeleta. Pronto llegamos a las isletas que ofrecen mayor protección contra la inclemencia del tiempo y del lago.
También hacíamos viajes a Zapatera por el lado llamado “Boquerón”. Este es un lugar donde hay canales profundos, y de la costa de la isla casi inmediatamente es muy hondo. Este es un lugar maravilloso par la pesca grande. Nos acompañaban los Vega, don Armando, doña Tita é hijos. Doña Tita era de peso liviano, y acostumbraba pescar con un arnés que la ayudaba a sostener la caña y hacer resistencia al pez. Me preocupaba, a mi “tierna” edad porque si pegara un pez grande me imaginaba que se la llevaría arrastrada. Pero esto era poco probable porque los Vegas eran pescadores expertos y sabían bien como ajustar la resistencia del carrete, y me imagino que tenían un cuchillo siempre listo, por si acaso. De todas manera, don Armando era un hombre muy fuerte, y de seguro siempre se mantuvo cerca de doña Tita, y él solo podía encargarse de cualquier pez.
En uno de esos viajes, alistaba mi caña, y tenía otra ya tendida de otro pescador mientras iba hacer algún “mandado”. Tuve la mala suerte que al lanzar mi carnada, se me enredó la cuerda en el carrete, y cayó como a tres varas. Mientras trataba de desenredar el asunto, pega el brinco al cielo un sábalo, sacudiendo la cabeza de un lado a otro. Lo sentí tan cerca que casi lo podía agarrar con la mano. En eso alguien grita. “Jalá la caña, jalá la caña!” Estando tan sorprendido por el salto del sábalo que no jalé ninguna de las cañas, y el sábalo se largó. Con los sábalos, el que parpadea pierde, y yo perdí.
En otra ocasión, pescando con los mismos sospechosos, sentado sobre la misma piedra, con la misma caña en la mano, me pasó algo increíble. Ya sé lo que están pensando: “Este carajo no sabe pescar.” Pero no fue así. Tenía mi anzuelo en el agua y esperaba pacientemente un pique, sin suerte. Pero de repente saca la cabeza del agua un Pejesierra, como a una vara de donde yo estaba sentado. Me quedé con la boca abierta! Creo que nadie más vio esto. Hoy me pongo a pensar que le debo tener gratitud al Pejesierra, porque su brinco fue paralelo a la piedra en que yo estaba sentado. Si hubiera sido perpendicular en mi dirección, la sierra me hubiera dejado desgraciado.
Pedro Marenco
© December 2002
Sacramento, CA